Análisis Vuelta a La Patria – Juan Antonio Pérez Bonalde

¿De qué trata el poema? Interpretación y Significado

El poema “Vuelta a la Patria” de Juan Antonio Perez Bonalde trata sobre dos aspectos fundamentales:  el primero, volver del destierro a la patria con amor y alegría; y el segundo, afrontar la muerte de la madre y el dolor extremo que le produce haber estado ausente.

La primera parte del poema comienza con el viaje de regreso del yo poético a su tierra natal Venezuela, en barco. Durante el trayecto, y viendo el paisaje marino, comienza a recordar su alegre infancia, sus amores, la brisa cargada de esencias silvestres. Al llegar a tierra firme, toma rumbo en coche de caballo hacia su ciudad entrañada: “Caracas”. Transcurrido el tiempo el cochero le avisa de la llegada a su destino y el yo lírico ansioso quiere correr a reunirse con los suyos. Pero todo será en vano, al darse cuenta de que su realidad es otra. Recuerda que su madre a muerto. Su rumbo ahora es al cementerio para visitar la tumba de su progenitora.

Más adelante, en la segunda parte, el poema se transforma en una elegía (recordemos que elegía refiere a un texto o poema de lamentación que llora la muerte de una persona querida). Aquí el yo poético describe una serie de emociones y sentimientos hechos recuerdos que brotan en desahogo frente a la tumba de su madre. Tristemente estas memorias se agolpan en su mente de forma muy dolorosa, llevándolo desde la última despedida que vivió junto a su madre.

Finalmente, el yo poético concluye su discurso aceptando la pérdida de su progenitora con valor, ratificando su amor por ella y aceptando esta nueva situación para su vida. En espera de su partida final para reencontrarse con su amada madre.

Poema Vuelta a La Patria

A mi hermana Elodia.

1
¡Tierra!, grita en la proa el navegante
y confusa y distante,
una línea indecisa
entre brumas y ondas se divisa;
poco a poco del seno
destacándose va del horizonte,
sobre el éter sereno,
la cumbre azul de un monte;
y así como el bajel se va acercando,
va extendiéndose el cerro
y unas formas extrañas va tomando;
formas que he visto cuando
soñaba con la dicha en mi destierro.
Ya la vista columbra
las riberas bordadas de palmares
y una brisa cargada con la esencia
de violetas silvestres y azahares,
en mi memoria alumbra
el recuerdo feliz de mi inocencia,
cuando pobre de años y pesares,
y rico de ilusiones y alegría,
bajo las palmas retozar solía
oyendo el arrullar de las palomas,
bebiendo luz y respirando aromas.
Hay algo en esos rayos brilladores
que juegan por la atmósfera azulada,
que me habla de ternuras y de amores
de una dicha pasada,
y el viento al suspirar entre las cuerdas,
parece que me dice: « ¿no te acuerdas?».


2
Ese cielo, ese mar, esos cocales,
ese monte que dora
el sol de las regiones tropicales…
¡Luz, luz al fin! Los reconozco ahora:
son ellos, son los mismos de mi infancia,
y esas playas que al sol del mediodía
brillan a la distancia,
¡oh, inefable alegría,
son las riberas de la patria mía!
Ya muerde el fondo de la mar hirviente
del ancla el férreo diente;
ya se acercan los botes desplegando
al aire puro y blando
la enseña tricolor del pueblo mío.
¡A tierra, a tierra, o la emoción me ahoga,
o se adueña de mi alma el desvarío!
Llevado en alas de mi ardiente anhelo,
me lanzo presuroso al barquichuelo
que a las riberas del hogar me invita.
Todo es grata armonía; los suspiros
de la onda de zafir que el remo agita;
de las marinas aves
los caprichosos giros;
y las notas suaves,
y el timbre lisonjero,
y la magia que toma
hasta en labios del tosco marinero,
el dulce son de mi nativo idioma.
¡Volad, volad, veloces,
ondas, aves y voces!
Id a la tierra en donde el alma tengo,
y decidle que vengo
a reposar, cansado caminante,
del hogar a la sombra un solo instante.
Decidle que en mi anhelo, en mi delirio
por llegar a la orilla, el pecho siente
dulcísimo martirio;
decidle, en fin, que mientras estuve ausente,
ni un día, ni un instante hela olvidado,
y llevadle este beso que os confío,
tributo adelantado
que desde el fondo de mi ser le envío.
¡Boga, boga, remero, así llegamos!
¡Oh, emoción hasta ahora no sentida!
¡Ya piso el santo suelo en que probamos
el almíbar primero de la vida!
Tras ese monte azul cuya alta cumbre
lanza reto de orgullo
al zafir de los cielos,
está el pueblo gentil donde, al arrullo
del maternal amor, rasgué los velos
que me ocultaban la primera lumbre.

3
¡En marcha, en marcha, postillón, agita
el látigo inclemente!
Y a más andar, el carro diligente
por la orilla del mar se precipita.
No hay peña ni ensenada que en mi mente
no venga a despertar una memoria,
ni hay ola que en la arena humedecida
con escriba con espuma alguna historia
de los alegres tiempos de mi vida.
Todo me habla de sueño y cantares,
de paz, de amor y de tranquilos bienes,
y el aura fugitiva de los mares
que viene, leda, a acariciar mis sienes.
me susurra al oído
con misterioso acento: «Bienvenido».
Allá van los humildes pescadores
las redes a tender sobre la arena;
dichosos, que no sienten los dolores
ni la punzante pena
de los que lejos de la patria lloran;
infelices que ignoran
la insondable alegría
de los que tristes del hogar se fueron
y luego, ansiosos, al hogar volvieron.
Son los mismos que un día,
siendo niño, admiraba yo en la playa,
pensando, en mi inocencia,
que era la humana ciencia,
la ciencia de pescar con la atarraya.
Bien os recuerdo, humildes pescadores,
aunque no a mí vosotros, que en la ausencia
los años me han cambiado y los dolores.
Ya ocultándose va tras un recodo
que hace el camino, el mar, hasta que todo
al fin desaparece.
Ya no hay más que montañas y horizontes,
y el pecho se estremece
al respirar, cargado de recuerdos,
el aire puro de los patrios montes.
De los frescos y límpidos raudales
el murmullo apacible;
de mis canoras aves tropicales
el melodioso trino que resbala
por las ondas del éter invisible;
los perfumados hálitos que exhala
el cáliz áureo y blanco
de las humildes flores del barranco;
todo a soñar convida,
y con suave empeño,
se apodera del alma enternecida
la indefinible vaguedad de un sueño.
Y rueda el coche, y detrás de él las horas
deslízanse ligeras
sin yo sentir, que el pensamiento mío
viaja por el país de las quimeras,
y sólo hallan mis ojos sin mirada
los incoloros senos del vacío…
De pronto, al descender de una hondonada,
«¡Caracas, allí está!», dice el auriga,
y súbito el espíritu despierta
ante la dicha cierta
de ver la tierra amiga.
¡Caracas allí está; sus techos rojos,
su blanca torre, sus azules lomas,
y sus bandas de tímidas palomas
hacen nublar de lágrimas mis ojos!
Caracas allí está; vedla tendida
a las faldas del Ávila empinado,
Odalisca rendida
a los pies del Sultán enamorado.

4
Hay fiesta en el espacio y la campaña,
fiesta de paz y amores:
acarician los vientos la montaña;
del bosque los alados trovadores
su dulce canturía
dejan oír en la alameda umbría;
los menudos insectos de las flores
a los dorados pístilos se abrazan;
besa el aura amorosa el manso Guaire,
y con los rayos de luz se enlazan
los impalpables átomos del aire.

5
¡Apura, apura, postillón, agita
el látigo inclemente!
¡Al hogar, al hogar, que ya palpita
por él mi corazón… Mas, no, detente!
¡Oh infinita aflicción, oh desgraciado
de mí, que en mi soñar hube olvidado
que ya no tengo hogar…! Para, cochero;
tomemos cada cual nuestro destino;
tú, al lecho lisonjero
donde te aguarda la madre, el ser divino
que es de la vida centro de alegría,
y yo…, yo al cementerio
donde tengo la mía.

6
¡Oh, insoluble misterio
que trueca el gozo en lágrimas ardientes!
¿En dónde está, Señor, ésa tu santa
infinita bondad, que así consientes
junto a tanto placer, tristeza tanta?
Ya no hay fiesta en los aires; ya no alegra
la luz que el campo dora;
ya no hay sino la negra
pena cruel que el pecho me devora…
¡valor, firmeza, corazón no brotes
todo tu llanto ahora, no lo agotes,
que mucho, mucho que sufrir aún falta:
ya no lejos resalta
de la llanura sobre el verde manto
la ciudad de las tumbas y del llanto;
ya me acerco, ya piso
los callados umbrales de la muerte,
ya la modesta lápida diviso
del angélico ser que el alma llora;
ven, corazón, y vierte
tus lágrimas ahora!

II

7
Madre, aquí estoy: de mi destierro vengo
a darte con el alma el mudo abrazo
que no te pude dar en tu agonía;
a desahogar en tu glacial regazo

la pena aguda que en el pecho tengo
y a darte cuenta de la ausencia mía.
Madre, aquí estoy; en alas del destino
me alejé de tu lado una mañana,
en pos de la fortuna
que para ti soñé desde la cuna;
mas, ¡oh, suerte inhumana!
hoy vuelvo, fatigado peregrino,
y sólo traigo que ofrecerte pueda,
esta flor amarilla del camino
y este resto de llanto que me queda.
Bien recuerdo aquel día,
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de marzo una mañana fría
y cerraba los cielos el nublado.
Tú en el lecho aún estabas,
triste y enferma y sumergida en duelo,
que, con alma de madre, contemplabas
el hondo desconsuelo
de verme separar de tu regazo.
Llegó la hora despiadada y fiera,
y con el pecho herido
por dolor hasta entonces no sentido,
fui a darte, madre, mis postrer abrazo
y a recibir tu bendición postrera.
¡Quién entonces pensara
que aquella voz angélica en mi oído
nunca más resonara!
Tú, dulce madre, tú, cuando infelice,
dijiste al estrecharme contra el pecho:
«Tengo un presentimiento que me dice
que no he de verte más bajo este techo».
Con un supremo esfuerzo desliguéme
de los amantes lazos
que me formaban en redor tus brazos,
y fuera me lancé como quien teme
morir de sentimiento.
¡Oh, terrible momento!

8
Yo fuerte me juzgaba,
mas, cuando fuera me encontré y aislado,
el vértigo sentí del pajarillo
que en jaula criado,
se ve de pronto en la extensión perdido
de las etéreas salas,
sin saber dónde encontrará otro nido
ni a dónde, torpes, dirigir sus alas.
Desató el sollozar el nudo estrecho
que ahogaba el corazón en su quebranto
y se deshizo en llanto
la tempestad que me agitaba el pecho.
Después, la nave me llevó a los mares,
y llegamos al fin, un triste día
a una tierra muy lejos de la mía,
donde en vez de perfumes y cantares,
en vez de cielo y verdes palmas,
hallé nieblas y ábregos, y un frío
que helaba los espacios y las almas.
Mucho, madre, sufrí con pecho fuerte,
mas suavizaba el sufrimiento impío,
la esperanza de verte
un tiempo no lejano al lado mío.
¡Ah del mortal ciego
confía su ventura a la esperanza…!
La ley universal cumplióse luego,
y vi en el alma, presta,
la mía disiparse,
cual mira en lontananza
torcer el rumbo en dirección opuesta
el náufrago al bajel que vio acercarse.
Bien recuerdo aquel día
que el tiempo en mi memoria no ha borrado;
era de marzo otra mañana fría,
y los cielos cerraba otro nublado.
Triste, enfermo y sin calma,
en ti pensaba yo, cuando me dieron
la noticia fatal que hirió mi alma.
Lo sentí, decirlo no sabría…
Sólo sé que mis lágrimas corrieron
como corren ahora, madre mía.
Después, al mundo me lancé, agitado,
y atravesé océanos y torrentes,
y recorrí cien pueblos diferentes,
tenue vapor del huracán llevado,
alga sin rumbo que la mar flagela,
viento que pasa, pájaro que vuela.
Mucho, madre, he adquirido,
mucha experiencia y muchos desengaños,
y también he perdido
toda la fe de mis primeros años.
¡Feliz quien como tú ya en esta vida
no tiene que luchar contra la suerte
y puede reposar en la seguida
inalterable calma de la muerte;
sin ver ni padecer el mal eterno
que nos hiere doquier con saña cruda,
ni llevar en el pecho el frío interno
de la indomable duda!
¡Feliz quien como tú, con altiveza
reclinó para siempre la cabeza
sobre los lauros del deber cumplido;
cual la reclina, por la muerte herido,
tras el combate rudo,
risueño, el gladiador sobre su escudo!
Esa, madre, es tu gloria
y alta recompensa de tu historia,
que el premio sólo del deber sagrado
que impone el cristianismo
está en el hecho mismo
de haberlo practicado.
Madre, voy a partir; mas parto en calma
Y sin decirte adiós, que eternamente
me habrás de acompañar en esta vida.
Tú has muerto para el mundo indiferente,
mas nunca morirás, madre del alma,
para el hijo infeliz que no te olvida.
Y fuera el paso nuevo,
y desde su alto y celestial palacio,
su brillo siempre nuevo
derrama el sol por el cerúleo espacio…
Ya lejos de los túmulos me encuentro,
ya me retiro, solitario y triste;
mas, ¡ay! ¿a dónde voy? ¡si no existe
de hogar y madre el venturoso centro!…
¡A dónde? ¡A la corriente de la vida,
a luchar con las ondas brazo a brazo
hasta caer en su mortal regazo
con el alma en paz y con la frente erguida!

Análisis de “Vuelta a La Patria” de Juan Antonio Pérez Bonalde

¿Quién es el autor? Contexto Histórico

Los versos de “Vuelta a la Patria” fueron escritos por Juan Antonio Pérez Bonalde, en el libro “Estrofas” editado en Nueva York en 1877. Pérez Bonalde es considerado por muchos el máximo exponente de la poesía lírica venezolana. Perteneció al Romanticismo, y fue precursor del movimiento Modernista.

Investigadores como Key Ayala opinan que “Vuelta a la Patria” fue escrito en 1876, durante el segundo retorno del poeta a Venezuela, cuando se enteró de la muerte de su madre.

Mientras escribía el poema, el autor estaba en un barco rumbo a Puerto Cabello, una pequeña ciudad y puerto marítimo venezolano en el estado Carabobo. Pero en sus recuerdos el poeta imaginaba que iba hacia la Guaira, otro puerto, donde compartió momentos de su infancia con su madre.

Juan Antonio Pérez Bonalde nació en Caracas el 30 de enero de 1846. Debido a una agitada vida política de su padre, se marchó a Puerto Rico, para regresar todos en 1868 a Venezuela.

Exilio por orden de Guzmán Blanco

A los 24 años (1870), tiene que salir nuevamente de Venezuela, esta vez exiliado por orden de Guzmán Blanco, presidente de la república. El primer mandatario se había ofendido al leer algunos versos satíricos en su contra escritos por Péraz Bonalde.

Sin más alternativa, el poeta tuvo que dejar a su madre enferma y no volvería a verla hasta saber de su muerte (1876). Ese mismo año Guzmán Blanco volvió a asumir el poder y Pérez Bonalde regresó al exilio. Finalmente volvió a Venezuela en 1890, donde murió dos años tarde en la Guaira.

Dato Curioso

Juan Antonio Pérez Bonalde era poliglota, hablaba inglés, francés, italiano y portugués como lenguas vivas, y griego y latín entre lenguas muertas.

Interpretación estrofa por estrofa

1º y 2º Estrofa

Vuelta a La Patria inicia, cuando el yo lírico en un barco divisa entre las brumas y el mar un cerro muy famoso de Venezuela “el Ávila” que destaca en el horizonte, es un indicador que le avisa que su sueño de regresar del destierro está por cumplirse. Habla de la brisa y palmares de la costa, violetas y azahares, recuerdos de su infancia, aromas, luz y atmosfera que le resuenan su dicha pasada. Hasta el viento le dice: ¿no te acuerdas?

Luego nos habla del mar y los cocales, la luz que le celebra su infancia, el yo lírico está feliz ¡Oh, inefable alegría, son las riberas de esta patria mía! Ya está llegando a la costa, tiran ancla de “férreo diente”.

“A tierra”, dice, la emoción lo ahoga, se monta presuroso en un barquichelo que lo lleva a la costa. Todo es armonía, quiere llegar para reposar en su hogar. Ya pisa el suelo patrio y anhelado donde recibió el primer arrullo maternal.

3º y 4º Estrofa

Toma camino en un coche de caballos y exige a conductor apure el paso, se despierta su memoria y recuerda, la arena húmeda, la espuma del mar. Tiempos alegres de su vida.

Todo le habla de amor, paz y bienvenida. Recuerda “a los tristes que del hogar se fueron y luego ansiosos al hogar volvieron”. Sigue avanzando el coche en su camino a casa: “De pronto, al descender de una hondonada, «¡Caracas, allí está!», Sus techos rojos, su blanca torre, sus azules lomas y sus bandas de tímidas palomas”. Nublan de lágrimas sus ojos al rencontrarse con la capital.

Luego, el yo lírico expresa con alegría que hay fiesta en el espacio, vientos en los bosques y montañas, dulce canturía, insectos, flores se abrazan y el aura besa el río Guaire que recorre la ciudad. Está pleno y feliz por su regreso.

5º Estrofa

¡Apura, apura, postillón, agita
el látigo inclemente! ¡Al hogar, al hogar, que ya palpita, por él mi corazón… Mas, no, detente!

El yo poético le exige al conductor avance con mayor rapidez. Pero de pronto se da cuenta que ya no tiene hogar y en medio de su dolor le dice al conductor que lo lleve al cementerio donde ahora está su madre.

6º Estrofa

Ahora el dolor abruma al yo poético cuando dice:

Ya no hay fiesta en los aires; ya no alegra
la luz que el campo dora;
ya no hay sino la negra
pena cruel que el pecho me devora…
¡valor, firmeza, corazón no brotes
todo tu llanto ahora, no lo agotes,
que mucho, mucho que sufrir aún falta:
ya no lejos resalta… la modesta lapida diviso”

7º Estrofa

El yo lírico frente a la tumba de su madre dice:

Madre, aquí estoy: de mi destierro vengo
a darte con el alma el mudo abrazo
que no te pude dar en tu agonía;
a desahogar en tu glacial regazo

la pena aguda que en el pecho tengo
y a darte cuenta de la ausencia mía
.

Así continua, haciendo recuerdos de cuando marchó una mañana de marzo y su madre con hondo desconsuelo lo vio partir. Y añorando oír la voz angelical de su madre que nunca volverá, y que una vez le dijo: “…que no he de verte más bajo este techo, ¡oh terrible momento!”.

8º Estrofa

El yo poético se juzga, por haber perdido el nido, se siente torpe y desvalido. Habla de lo mucho que sufre su pecho fuerte, pero mantiene la esperanza de verla en breve tiempo. Reconoce la altivez de su madre que hizo el deber cumplido. Quiere darle gloria, premiarla y recompensar su historia, su vida, por su ejemplo cristiano.

Recuerda que estuvo fuera, se arrepiente, porque, entre otras cosas, eso le impidió verla y estar con ella cuando murió. El profundo dolor y la tristeza que siente por la partida de su madre, resuena en el recuerdo de cuando se separaron.

En su dolor, se retira solitario y triste. Vuelve a darse cuenta que no tiene a donde ir, pues ya no cuenta con el hogar que fue de su madre. Dice que luchara hasta caer en su mortal regazo, con el alma en paz y con la frente erguida.

Figuras Literarias Vuelta a La Patria

  • Anáfora: “¡Apura, apura, postillón, agita”, “¡Al hogar, al hogar, que ya palpita”, “y yo…, yo al cementerio”, “En marcha, en marcha, postillón, agita”, “¡Boga, boga, remero, así llegamos!”, “Volad, volad, veloces,”, “¡Luz al fin!, luz”, “¡A tierra, a tierra”.
  • Apostrofe: “¡A dónde? ¡A la corriente de la vida, a luchar con las ondas brazo a brazo hasta caer en su mortal regazo con el alma en paz y con la frente erguida!”, “¡Ah del mortal ciego confía su ventura a la esperanza…!
  • Hipérbaton: “bajo las palmas retozar solía”, “que ahogaba el corazón en su quebranto”, “Desató el sollozar el nudo estrecho”, “Ya lejos de los túmulos me encuentro”.
  •  Metáfora: “No quiero volver a la realidad quiero estar contigo”, “ir al cementerio es entristecer lo que llevo por dentro”, “la cumbre azul del monte”, “Al aire puro y blando”, “Y las noticias suaves”, “de las humildes flores del barranco”, “ el melodioso trino que resbala, “el viento al suspirar entre las cuerdas”, “del ancla el férreo diente”.
  • Asíndeton: “… Mas, no, detente”, “valor, firmeza, corazón no brotes”.
  • Polisíndeton: “montañas y horizontes, y el pecho se estremece”, “Y rueda el coche, y detrás de él las horas”, “y las notas suaves, y el timbre lisonjero, y la magia que toma…”, “y confusa y distante”.
  • Aliteración: “¡Volad, volad, veloces,”, “ondas, aves y voces!” “son ellos, son los mismos de mi infancia”.
  • Humanización: Odalisca rendida a los pies del sultán enamorado”, “Y las noticias suaves”, “oyendo el arrullar de las palomas,”, “bebiendo luz” “Ya muerde el fondo de la mar…”.
  • Enumeración: “Ese cielo, ese mar, esos cocales, ese monte que…».
  • Imágenes cromáticas, cinéticas, sensoriales, visuales, táctiles, auditivas: “la cumbre azul del monte”, “una brisa cargada con la esencia de violetas” “la atmósfera azulada,”, “esos rayos brilladores”, “oyendo el arrullar de las palomas,”, “y el pecho se estremece”.
  • Antítesis: “bebiendo luz y respirando aromas.”, “pobre de años y pesares, y rico de ilusiones y alegría”.

¿Cuántas estrofas tiene el poema Vuelta a La Patria? Composición y Rima

El poema “Vuelve a La Patria” está compuesto de 8 cuartetas rimadas (8 estrofas). Posee rima Asonante y Consonante, tiene estructura de una Silva, alternado versos Endecasílabos (11 silabas) con versos heptasílabos (7 silabas).

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